domingo, 20 de noviembre de 2016

Adolescencia: la psicología del rencor

Sentimiento de hostilidad o gran resentimiento hacia una persona a causa de una ofensa o un daño recibidos.
El rencor es un resentimiento hacia alguien quien creemos que no ha hecho lo que tenía que hacer con nosotros. Es más fácil sentir rencor y no curar nuestras heridas.
¿Hacer autocrítica?
Quizás nosotros teníamos que haber hecho más de lo que hicimos.
Cada uno libramos nuestras propias batallas y no somos lo suficiente inteligentes como para empatizar con el que tenemos al lado, quizás más frágil que nosotros.
Todos somos frágiles y no nos gusta "pensar", es más fácil echar la culpa al otro.
Dos hombres habían compartido injustamente una celda en prisión durante varios años, soportando todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez en libertad, se encontraron años después. Uno de ellos preguntó al otro: – ¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros? – No, gracias a Dios ya lo olvidé todo – contestó – ¿Y tú? – Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas – respondió el otro Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo: – Lo siento por ti. – Si eso es así, significa que aún te tienen preso. (Fábula) 
El rencor, es un sentimiento de enfado profundo y persistente; un resentimiento arraigado que desequilibra y enferma el cuerpo y la mente. El origen del rencor puede deberse a varias razones (insulto, abuso de confianza, engaños, ofensas, maltratos). El resentimiento se va acumulando hasta que finalmente se convierte en deseo de venganza. Todos lo hemos padecido en alguna ocasión, adoptando a veces un comportamiento que va en contra de nuestra verdadera personalidad, para soportar los desequilibrios, y angustias que este sentimiento genera. Generalmente, todos vivimos fieles a nuestros patrones de conducta, pero estos no siempre coinciden con las conductas de los demás.
Donde algunos ven una ofensa imperdonable, otros pueden considerarla como algo exento de importancia. Y aunque el acto ofensivo en sí haya sido el mismo, recibirá menos daño aquel que piense que menos importante ha sido.
Si sientes que alguien te ha maltratado injustamente, es la vida quien lo ordenará, pero uno no debe convertirse en juez, solamente debemos de ser responsables de nosotros mismos, modificando los patrones de asociación, teniendo en cuenta de que si alguna persona nos defrauda, no significa que las demás personas también vayan a engañarnos. Nosotros somos únicos, no cometamos el error de intentar que otros piensen como quisiéramos. Nunca la otra persona podrá ser como necesitamos que sea, y existen por tanto numerosas posibilidades de que nos defrauden numerosas veces. Es necesario aprender que todo cambia, y que también nosotros somos capaces aun sin quererlo de defraudar.
Si tomamos la decisión de convertir la amargura, y la rabia profunda en un resentimiento duradero, estaremos fabricando RENCOR, un arma peligrosa que desequilibra y enferma el cuerpo y la mente impidiéndonos disfrutar de la vida. Y no olvidemos que muchas veces, hace más daño el rencor que las ofensas recibidas.


No hay nada más humano que el resentimiento y el dolor. Muchas personas viven con una historia triste en sus corazones que comienza desde que eran niños. A veces, ese pasado nos marca a tal nivel que nuestro presente se ve comprometido.
La familia es el núcleo primario donde nacemos, aprendemos y nos forjamos como miembros de la sociedad, pero en muchas ocasiones nuestros padres no son perfectos. Recordar con lágrimas como papá, o mamá nos golpeaban, o nos trataban con palabras hirientes es duro. Recordar cómo en la niñez, ese padre, o madre no estuvo presente también duele. Mucho peor cuando también en el hogar existieron conflictos graves, violencia y abusos.
Muchas personas cuando narran sus vidas hablan de los problemas que tuvieron con sus padres, como es normal, siempre se quejan de ellos. Es común recordar, “ese día cuando me regañaron injustamente”, “o aquel evento que me partió el corazón”
A veces esos eventos los perdonamos, porque, siendo adultos, comenzamos a entender un poco la situación, pero a veces, cuando la experiencia es muy traumática, vivimos con ese resentimiento de manera constante.
Culpar a nuestros padres por nuestros problemas es muy común, y existen amplios estudios psicológicos al respecto, pero hay casos especiales, donde la relación conflictiva y abusiva de los padres con el niño llega a niveles muy dolorosos y traumáticos, a tal nivel que en el presente, aquel ser humano, ahora adulto, no puede olvidar lo ocurrido. Es más, muchos de sus problemas actuales los señala como originarios de su infancia.
En escenarios especiales, cuando un niño crece en un hogar con dificultades graves la situación puede moldear la forma como ese hombre o mujer ve la vida.
Situaciones como problemas entre papá y mamá, abuso sexual en la familia, presencia de un padre alcohólico, adicto o con otro problema mental, normas de crianza rígidas, negligencia, violencia verbal y física constante, entre muchas otras situaciones, hacen que el ser humano, crezca con dolor y rabia frente a esa situación.
El dilema esta cuando siendo adultos todavía nos duele el pecho al recordar nuestro pasado. Cuando en la adolescencia y en la independencia como adultos tratamos en lo posible de evitar nuestra familia, porque, no podemos perdonar el daño que nos hicieron.
Es difícil vivir con el dolor acumulado que pesa como un costal que cargamos a nuestras espaldas y que siendo adultos no podemos descargar. Ese dolor curiosamente se acumula con otros problemas, que pueden o no estar asociados.
Sí, la familia la llevamos en el corazón como un tatuaje que no podemos borrar.
Aunque nuestros padres hayan muerto, las huellas de ese dolor perduran. Podemos ser adultos, ser esposos, ser padres de nuestros propios hijos y aún así sentir ardor en el pecho cuando recordamos a nuestros progenitores.
¿Pero cómo sentirnos mejor ante un pasado real que no podemos ocultar?
La respuesta puede parecer simple, pero no lo es: Perdonar puede liberarnos del dolor. Sí el pasado con nuestros padres nos atormenta, debemos buscar la forma de reconciliarnos con nuestra familia. Una forma sería indagar qué recursos positivos aprendimos de esa mala experiencia. ¿Cómo hicimos para sobrevivir y salir adelante?. Nuestros padres, buenos o malos, fueron profesores. Tratemos de encontrarle sentido a ese sufrimiento.
En mi experiencia, he encontrado que muchas veces haber vivido situaciones difíciles con sus progenitores ayudo los pacientes a ser mejores padres, mejores personas o más sensibles frente a situaciones especificas. Eso gracias a la capacidad maravillosa del ser humano de salir delante de situaciones difíciles. El perdón se puede dar de muchos niveles.
Sí aún los padres viven, podrían buscar en el presente la forma de reconciliarse y reparar ese pasado. Construir experiencias nuevas y recuerdos más positivos que ayuden a fortalecer el vinculo con su familia, las demás personas, y sobre todo , y más importante con usted mismo.
Reconstruir una relación nueva con sus padres y con su familia ayudara a que ese dolor disminuya, y se encuentre un sentido al sufrimiento.
Sí por distancia, o porque ellos ya han fallecido no es posible, el trabajo es individual. Pero no olvide que sanar su corazón es importante para quitarle ese peso que desde la niñez ha cargado.
La terapia individual y la terapia familiar pueden ayudar y disminuir el dolor. Fortalecer los recursos presentes y alivianar cargas, no es un proceso fácil, pero por la paz que brinda, vale la pena afrontarlo.
Fuente:
https://lamenteesmaravillosa.com
http://www.portalfenicia.com/

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